
[..] Se escribían todos los días. "Tal vez sea conveniente que, al menos una vez, vivamos separados", le escribió él. "De este modo comprobaremos si de verdad somos importantes el uno para el otro, si nos necesitamos de verdad el uno al otro." Pero ella no pensaba de la misma manera. El amor que se profesaban era tan verdadero que no había ninguna necesidad de ponerlo a prueba. Ella lo sabía. El destino los había unido con un lazo tan fuerte que sólo es posible encontrar uno igual entre un millón. Y aquél era un lazo imposible de romper. Ella lo sabía. Él no lo sabía. O, si lo sabía, no podía aceptarlo sin más. Por eso se fue a Tokio. Porque quería que su lazo se estrechara todavía más al someterlo a prueba. Los hombres, a veces, piensan así.
Kafka en la orilla. Haruki Murakami
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