martes, 19 de enero de 2010

THINK


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Se escribían todos los días. "Tal vez sea convenien­te que, al menos una vez, vivamos separados", le escribió él. "De este modo comprobaremos si de verdad somos importantes el uno para el otro, si nos necesitamos de verdad el uno al otro." Pero ella no pensaba de la misma manera. El amor que se profesaban era tan ver­dadero que no había ninguna necesidad de ponerlo a prueba. Ella lo sabía. El destino los había unido con un lazo tan fuerte que sólo es po­sible encontrar uno igual entre un millón. Y aquél era un lazo im­posible de romper. Ella lo sabía. Él no lo sabía. O, si lo sabía, no po­día aceptarlo sin más. Por eso se fue a Tokio. Porque quería que su lazo se estrechara todavía más al someterlo a prueba. Los hombres, a veces, piensan así.

Kafka en la orilla. Haruki Murakami
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